La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Que el demonio se los lleve y nos dejen comer tranquilamente. Nos lo hemos ganado poniendo en peligro nuestra piel; asà que tenemos el derecho de saborearlo sin más molestias. ¡Ah…! ¡Si la marquesa estuviera aquÃ…! ¡Qué contenta estarÃa con este manjar de cazadores en medio del bosque! ¡Mil rayos! ¡Al diablo Pardo y los piratas yanquis!
—La volveremos a encontrar, señor —respondió el español que estaba cortando una pata trasera del jabalà para ponerla a asar—. Estoy seguro de que llegaremos pronto al campamento de los insurrectos.
—¿Y cuando estemos allÃ, qué haremos?
—Ya lo veremos, señor.
—Volveremos al «Yucatán» sin haber logrado nada.
—Actuaremos más tarde. Cuando sepamos lo que le ha sucedido a doña Dolores, sabremos lo que debemos hacer para arrancársela a Pardo.
El español, después de cortar el muslo del jabalÃ, habÃa recogido ramas secas y encendido el fuego, poniendo encima el suculento pedazo de caza, tras haberlo atravesado por la baqueta de acero del fusil.
El hambre de los dos cazadores era tanta, que no esperaron a que el asado estuviera perfectamente en su punto. Con los cuchillos que llevaban lo cortaron en trozos, usando de plato una gigantesca hoja de banano y se pusieron a devorar con gran apetito.