La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Gracias, señor —dijo el español.
—¿Estáis herido? —preguntó afectuosamente Córdoba.
—No, pero si llegáis a tardar un solo instante no sé cómo me las habrÃa arreglado.
—¡Eh!
—¿Qué pasa?
—¡Caray!
—¿Los compañeros del macho?
—¡Un huracán!
La manada de jabalÃes, rápidamente reunida, pasaba en aquel momento a través de la floresta en un galope desenfrenado, atropellándolo todo a su paso y yendo a pararse a cincuenta pasos de los dos cazadores lanzando amenazadores gruñidos, después hizo una media vuelta repentina y desapareció entre los árboles con la velocidad de un tren.
—¡Caramba! —exclamó Córdoba, respirando a pleno pulmón—. Creà que se iban a echar sobre nosotros todas estas fieras para vengar al viejo macho.
—También yo —respondió el español—. Son muy valientes, sin embargo a veces cualquier cosa es suficiente para espantarlos y ponerlos en fuga.