La capitana del Yucatan

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Córdoba, que había seguido con gran interés el extraño combate que daba completa razón a las previsiones del español, alzó el fusil e hizo fuego.

El viejo jabalí, tan brutalmente interrumpido en su comida, saltó como un resorte lanzando un gruñido agudo arrancado por el dolor producido por la herida y también por la rabia, y viendo la nube de humo ondear todavía entre las plantas, se lanzó en aquella dirección con una rapidez increíble.

El español lo esperaba para darle el golpe mortal. Viéndolo a pocos pasos, levantó el fusil, pero al hacer aquel gesto tropezó con una liana y el tiro salió alto.

—¡Huid! —gritó Córdoba.

El español le habría obedecido gustosamente si hubiera tenido tiempo. El jabalí, que solamente estaba herido por el disparo del lobo de mar, como una centella se le echó encima, arrojándolo al suelo e intentando clavarle los colmillos.

—¡Ayuda! —gritó el pobre soldado.

—¡Ya voy! —respondió Córdoba.

Había metido otro cartucho en el fusil y se había acercado. Apoyar el cañón en una oreja del jabalí y hacer fuego fue cosa de un instante.

El disparo se confundió con un aullido, el último. El animal, fulminado por el proyectil, había rodado a un lado quedando inmóvil.


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