La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Hacia el atardecer, rebasada la punta extrema de la penÃnsula, Córdoba, que marchaba frente a todos, flaqueado por los dos soldados españoles, lograba descubrir el «Yucatán» que se encontraba anclado junto a la desembocadura del riachuelo, a unos treinta metros de la orilla más próxima.
Al ver la bella y rápida nave, un suspiro de satisfacción le salió del pecho.
—¡Por fin! —exclamó—. CreÃa que no la volverÃa a encontrar, ni tripular. ¡Oh…! ¡Si también estuviera aquà Doña Dolores…! ¡Mil tiburones! ¡El miserable cubano lo pagará caro!
El sol se ponÃa rápidamente tiñendo de fuego el horizonte y haciendo centellear vivamente el mar que se extendÃa más allá de la bahÃa, entre el cabo de Corrientes y el lejano San Antonio.
Bajo los bosques que circundaban las riberas, la oscuridad empezaba ya a volverse profunda. Las tinieblas descendÃan rápidamente mientras que de los manglares se alzaba una ligera neblina cargada de miasmas mortales, miasmas que llevan los gérmenes de la terrible fiebre amarilla.