La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Se ha puesto furioso, ha amenazado con colgarnos a todos, poner fuego al polvorÃn y hacer volar el «Yucatán». Maestro Colón lo ha hecho prender, atar y encerrarlo en una cabina.
—¿Y está todavÃa prisionero?
—Hace dos horas estaba aún en el camarote.
—¡A bordo, mis valientes! ¡Vamos a ahorcar al miserable! —aulló Córdoba, que parecÃa haber perdido, quizá por primera vez, su calma habitual.
La patrulla se puso rápidamente en marcha, costeando una especie de penÃnsula que avanzaba frente a la ensenada de Corrientes, formando el cabo del mismo nombre que cierra la profunda bahÃa del lago meridional.
Sin embargo, aquella orilla no era fácil de recorrer, a causa de la naturaleza del terreno. A cada instante se encontraban pequeños pantanos cubiertos de cañas, que servÃan de escondite a millares de pájaros marinos y sobre todo a los flamencos, habÃa también espesuras de mangles que los marineros estaban obligados a atravesar con gran prudencia, agarrándose a las múltiples raÃces de estas extrañas plantas, para no correr el peligro de precipitarse en el fango espeso que servÃa de fondo.