La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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—¡Rayos y centellas! ¡De mi «Yucatán»…!

—Corre un grave peligro.

—Continúa.

—No me habéis prometido dejarme vivir, señor Córdoba.

—Vivir sí, pero la libertad no.

—Está bien; me basta con que no me ahorquéis —dijo el cubano, con un relámpago de alegría brillando en sus ojos—. Es inútil que os diga que yo estaba al servicio de Pardo y que la traición había sido organizada…

—Deja la traición; háblame del peligro que puede correr mi «Yucatán» —le interrumpió Córdoba.

—Entonces haced encender inmediatamente los fuegos y preparad las armas, ya que las orillas de la bahía están tomados por los insurgentes. Cuando intentéis moveros seréis asaltados.

—¡Ah…! ¡Los insurgentes me atacarán! Está bien, les soltaremos unos cañonazos y hundiremos sus chalupas.

El cubano levantó sus ojos mirando a Córdoba casi irónicamente, después esbozando una sonrisa, dijo:

—¡Ja!, ¡ja! ¿Las chalupas…?

—¿Qué quieres decir, sinvergüenza? —preguntó el lobo de mar.

—Digo que no tendréis que enfrentaros únicamente con chalupas, señor mío.


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