La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan La escasa población, que como se ha dicho estaba compuesta de negros y mestizos, había abrazado casi inmediatamente la causa de los insurrectos, obligando a los poquísimos españoles que tenían posesiones a buscar refugio en la cercana isla de los Pinos o en Batábano.
Córdoba, enterado de todo esto por el señor del Monte, que procuraba por todos los medios hacerse útil por miedo a la soga que podía estrangularle de un momento a otro, había dado orden a la tripulación de estar preparada para cualquier eventualidad, temiendo encontrarse con alguna nave filibustera americana.
Parecía, sin embargo, que en el pequeño archipiélago no había ninguna nave, ni de vela ni de vapor, ya que no se veía brillar ningún farol al norte o al sur de San Felipe. Incluso los habitantes debían dormir todavía perezosamente, no viéndose ni siquiera un hilo de humo sobre las costas.
—Perfecto —murmuró Córdoba, que desde el alcázar observaba atentamente las playas, sirviéndose de un potente anteojo—. Iremos a meternos en el escondite que conoce Colón, sin que nadie se dé cuenta. Eh, viejo amigo, podemos ir para allá.
El «Yucatán», que había reducido la marcha, a una orden del maestro, volvió a aumentar la velocidad, metiéndose entre una serie de escollos e islotes altísimos y completamente áridos.