La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Colón lo guiaba con una seguridad extraordinaria, como si conociese al dedillo todos los pasajes y todos los escollos. A cada instante cambiaba de rumbo, girando a derecha o a izquierda para evitar los bancos de arena o las rocas a flor de agua que mostraban confusamente sus puntas negras y agudas, capaces de desfondar cualquier nave, incluso un acorazado.
Córdoba, al lado del viejo lobo de mar, seguía atentamente aquella audaz maniobra, no pudiendo ocultar su admiración.
—¡Caray! —exclamaba—. Se diría que has nacido entre estos cayos, viejo lobo.
—Los conozco, señor Córdoba.
—No es suficiente.
—Puedo agregar que he navegado por todos estos canales y durante unos cuantos años.
—¿Es que en tu juventud hiciste de barquero en estas islas?
—Mejor, señor Córdoba —respondió el maestro, riendo.
—Entonces es que has hecho de contrabandista, bribón.
—Eso mismo.
—¡Ah…! Ahora comprendo; la caverna marina que conoces servía de depósito y de refugio.
—Es verdad, señor.
—¿Estamos lejos…?