La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Hace dos dÃas, caballero —respondió el mulato.
—¿Y ahora dónde está?
—Junto al señor Guaymo, jete de los insurrectos de San Felipe.
—Yo soy el oficial americano encargado de recibir estos prisioneros.
—¿Vos…? Pero… ¿dónde está vuestra nave?
En la isla de los Pinos, escondida en una bahÃa segura. He sido advertido de que tres cañoneras españolas han partido de la ensenada de la Broa para dar caza a los filibusteros americanos y no me he atrevido a traer aquà el barco.
—PodÃais haber dicho en seguida que erais americano, señor —dijo el mulato—. Os habrÃa acogido con más afabilidad. ¿De qué manera puedo seros útil?
—QuerrÃa que me condujeseis ante el señor Guaymo.
—Estoy a vuestras órdenes, señor.
El mulato acercó las manos a la boca y soltó un silbido agudÃsimo. Casi inmediatamente aparecieron entre las cañas de azúcar veinte o veinticinco negros armados de trabucos y algunos fusiles de retrocarga.
—¡Oh…! —exclamó Córdoba—. ¿Tenéis una escolta?
—Mando un pelotón de insurrectos, señor —dijo el mulato—. ¡Camardo!