La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan El haz de luz, proyectado por un potente foco, había surgido de la oscura línea del horizonte que la aurora, aunque ya debía estar próxima, no alumbraba todavía. Aquella luz recorría el mar haciendo brillar la espuma de las olas.
El buque americano había oído seguramente el estampido y quizás había visto también el relámpago producido por el torpedo e iluminaba el mar en aquella dirección.
—¡Doña Dolores! —exclamó Córdoba—. ¡El «Terror» viene por nosotros!
—Ya lo veo —respondió la marquesa, con voz tranquila.
—Salgamos de la luz o nos mandarán algún obús a la carena.
La capitana dio media vuelta de ruedo poniendo proa al oeste, mientras gritaba al jefe de máquinas:
—¡Aumentad el fuego!
El yate huía precipitadamente a través del gran banco de Campeche, intentando dirigirse hacia la costa mexicana, no ya con la idea de buscar un refugio en alguna parte del golfo, sino con objeto de escapar al rayo de luz que estaba a punto de traicionarlo, y de engañar nuevamente a la nave enemiga que con tanta obstinación le daba caza.