La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Pero no fue hasta la mañana del 25 cuando la caballería americana, después de desembarcar todo el cuerpo de la expedición, se decidió a adentrarse en el campo para abrir camino a la infantería y a la artillería.
Era un regimiento completo de rough-riders (caballería rural) compuesto de voluntarios pertenecientes a las más conspicuas familias de los Estados Unidos, armados de sable, revólver y un lazo de cuero, como si los españoles fueran bueyes o caballos salvajes del Far-West que hubiera que cazar a la carrera o hacer prisioneros.
Estaban mandados por el teniente coronel Roosevelt, que se había propuesto conducir decididamente sus voluntarios dentro de los muros de Santiago.
Los españoles estaban emboscados cerca de Jaragua, sabiendo que esta localidad debía ser el primer objetivo del regimiento enemigo.
La marquesa del Castillo, Córdoba y sus marineros reclamaban el honor de ocupar una densa espesura de mangles que se encontraba en la vanguardia de las tropas emboscadas, para ser los primeros en medirse con estos extraños caballeros.
—Doña Dolores, no os expongáis demasiado —dijo Córdoba, en el momento en que en lontananza se oían los relinchos de los caballos enemigos—. Si nos mantenemos todos escondidos, no sufriremos ninguna pérdida.