La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Estoy impaciente por hacer fuego también yo contra los odiados yanquis —respondió la marquesa—. Intentaré devolver las balas que han arrojado contra mi «Yucatán»; serán balas infinitamente más pequeñas, pero matarán igualmente.
En aquel momento, algunos cazadores españoles que se habÃan adelantado hacia las márgenes del bosque para vigilar los movimientos de los rough-riders, pasaron junto a la espesura, corriendo.
—¿El enemigo? —preguntó Córdoba.
—¡Se acerca al galope! —respondieron los cazadores—. ¡Preparados para hacer fuego!
El regimiento avanzaba vociferando como si se dirigiera a una partida de placer. Aquellos jóvenes, la mayor parte bisoños en el combate, creÃan que pondrÃa en fuga a los españoles con su sola presencia o, todo lo más, a golpes de lazo.
La tropa, dividida en dos gruesas columnas, se habÃa ya metido entre los árboles, enredándose en medio de un verdadero caos de bananos, mangles y cedros enormes. Solamente unos pocos exploradores iban algo adelantados y parecÃa como si no dieran importancia a la proximidad del enemigo.
Córdoba y la marquesa se habÃan levantado, ocultándose tras un tronco enorme, mientras sus marineros estaban extendidos entre los matorrales, teniendo los fusiles apuntados.