La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan La marquesa y CĂłrdoba, derechos en la proa, apoyados en la borda, miraban atentamente a la nave americana que no habĂa desaparecido todavĂa en el horizonte, quizá porque habĂa reducido la marcha. Intentaban adivinar su ruta para poder regular el camino que debĂan seguir, evitando un encuentro que podĂa tener consecuencias muy graves.
El casco del crucero no se veĂa ya, pero el penacho de humo destacaba aĂşn entre la nĂtida y pálida luz del astro nocturno, elevándose a gran altura.
—Sà —dijo CĂłrdoba, despuĂ©s de algunos momentos de atenta observaciĂłn—. El buque nos esperará en cabo Catoche. Esperaba que siguiese su camino hacia el este para unirse a la escuadra de Sampson, pero veo que, desgraciadamente, no ha abandonado todavĂa su idea de damos caza.
—Es verdad —murmuró la marquesa—. Seguramente lo encontraremos y lo lamento.
—¡El diablo se lleve al infierno a esos obstinados!
—Si estuviera segura de que esa nave está sola, encenderĂa las máquinas e intentarĂa dejarla atrás, amigo CĂłrdoba. Nuestra velocidad es con mucho superior a la suya.
—Puede haber otros barcos en el canal de Yucatán, doña Dolores. Al ruido dĂ© los cañonazos no tardarĂan en acudir y caernos todos encima.