La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan UN BRINDIS QUE SALVA LA VIDA
El cocinero de a bordo habÃa seguido puntualmente las órdenes de Córdoba.
La mesa habÃa sido preparada con gran lujo y muy buen gusto. Vajilla de plata, cubiertos de oro, cristalerÃa de Bohemia, fuentes de dulces y frutas, pirámides de flores que parecÃan recién cortadas de un jardÃn, manjares exquisitos que exhalaban aromas apetitosos, y botellas de jerez, champán, whisky y de málaga auténtico cubrÃan el blanco mantel de tela de Flandes adornado con finos bordados.
La marquesa, que conservaba una tranquilidad que maravillaba no sólo a Córdoba sino también a todos los marineros de cuarto, que la miraban con ojos estupefactos, se sentó invitando a su compañero a hacer lo mismo y empezó a comer con el mejor apetito, sin ocuparse del monitor que se acercaba rápidamente, vomitando por las chimeneas torrentes de humo.
—Vamos, amigo —dijo la marquesa viendo que Córdoba, en vez de ponerse a comer, tenÃa los ojos fijos en la nave de guerra—. Prueba un poco de esta sopa de pescado, te aseguro que es verdaderamente exquisita.
—¡La sopa! ¡El pescado! —dijo el lobo de mar—. Miro aquel maldito tiburón que parece que tiene un deseo loco de hacer volar la mesa con un obús, doña Dolores.
—No se atreverá, Córdoba.