La ciudad del oro
La ciudad del oro Reanudaron la veloz marcha, siguiendo la orilla del gran rÃo y acercándose a la chalupa, que se mecÃa en el mismo sitio donde la habÃan dejado la noche anterior. Estaban ya a punto de llegar a ella cuando vieron alzarse junto al tronco de una simaruba dos grandes volátiles, que parecÃan gigantescos murciélagos, lanzando graznidos de espanto.
—¿Qué bichos son ésos? — preguntó Alfonso.
—Dos vampiros —respondió el doctor, haciendo un gesto de repugnancia—, dos chupadores de sangre.
—Pero... ¿no ve usted nada al pie de la simaruba?
—¿Qué ves tú?
—Dos formas oscuras.
—¿No serán animales desangrados por los vampiros?
—No, doctor..., ; no son animales — balbuceó Alfonso.
—¿Qué quieres decir? — repuso Velasco.
—¡ Son dos hombres!... ---¡ Dios mÃo !...