La ciudad del oro

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Velasco se precipitó hacia el tronco del árbol, y lanzó un grito de horror. Don Rafael y el indio yacían apoyados contra el tronco del árbol, como si estuviesen durmiendo; pero ambos estaban empapados de sangre, que le salía lentamente de las sienes. 

—¡Una antorcha, Alfonso! — gritó el doctor. 

El joven llegó de un salto a la chalupa, buscó rápidamente en una caja, sacó una bujía, la encendió y corrió al lado del doctor. 

—¿Los han asesinado? — preguntó con voz enronquecida. 

—No —respondió Velasco, que había recobrado rápidamente la sangre fria—. Los estaban desangrando esos vampiros que hemos visto volar. 

—¿Están muertos? 

—No; sólo están desvanecidos por la pérdida de sangre. 

—¿No correrán peligro? 

—Permanecerán débiles unos cuantos días, pero nada más. Peor hubieran escapado si hubiéramos tardado más en presentarnos.Espérame un instante. 

El doctor se dirigió a la chalupa, cogió un botiquín de viaje y sacó de él un frasco de cierta esencia de olor muy penetrante, que dio a oler reiteradamente a don Rafael y al indio. 


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