La ciudad del oro
La ciudad del oro Encendieron leña seca para tener alejados a los mosquitos que se reúnen por millares a orillas del Orinoco y que causan atroces picaduras y se echaron al lado de sus compañeros, vigilando atentamente la vecina selva y la orilla del rÃo.
La noche pasó tranouila, aunque de cuando en cuando se oÃa entre las tupidas plantas el formidable maullido del yaguar y el aullido del puma, animal más pequeño que el primero y menos feroz, pero siempre peligroso.
Don Rafael, que habÃa dormido profundamente, se despertó con el alba. SeguÃa bastante débil, pero se levantó por si solo y se dirigió a la chalupa, diciendo a sus compañeros:
—Es preciso marcharse de aquÃ.
—¿Está usted loco, amigo mÃo? —replicó el doctor—. Necesita usted reposo.
—Descansaré más tarde, y el buen vino y la carne me devolverán las fuerzas.
—Pero, ¿qué necesidad hay de emprender la marcha tan precipitadamente?
—Nos obligan los indios que van delante.
—¿Cuáles? ¿Los de la flecha? — preguntó Alfonso.
—Si, primo.
—Pero, ¿qué has descubierto?
—Su rastro.