La ciudad del oro

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—Cuéntenos lo que ha averiguado, don Rafael — dijo el doctor. —Embarquémonos primero.

 Â¡ Yaruri ! 

—Aquí estoy, mi amo — respondió el indio, acercándose. 

—¿Puedes tener la barra del timón? 

—Sí, mi amo. 

—Embarquémonos. 

El doctor y Alfonso se apresuraron a desplegar la vela, y la chalupa, impulsada por una ligera brisa, cortó las aguas del río a una velocidad que calcularon no menor de cuatro nudos. 

—Ahora puede usted hablar, don Rafael —dijo el doctor—. Estamos impacientes por saber cómo ha descubierto usted el rastro de los indios que nos dispararon la flecha. 

—Temo que nos hayan hecho traición, amigos míos —dijo el plantador—. Quién sabe si los indios que nos preceden no nos están preparando un lazo. 

—Pero, ¿quién puede habernos traicionado? En la terraza no se veía a nadie aparte de nosotros. 

—No lo sé, pero escuchadme: Yaruri y yo nos habíamos internado en la selva del Cassanare, cuando en medio de un espeso grupo de árboles encontramos una hoguera que aún no se había apagado del todo. 


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