La ciudad del oro

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En la tierra húmeda había huellas de culatas de fusil y de pies desnudos; además encontramos una flecha igual que la que nos tiraron la otra vez. Los indios son, como sabéis, maestros en el arte de rastrear, y Yaruri siguió el rastro hasta la orilla del Cassanare. 

Allí encontramos, profundamente impresa en el fango, la huella de una canoa. Seguirnos andando por la orilla, y poco antes de anochecer vimos un punto negro en las blancuzcas aguas del Orinoco. 

No había duda: era la canoa que huía hacia el oeste, remontando la corriente. 

—¿Quiénes podrán ser estos indios? — dijo el doctor después de unos instantes de silencio. 

—Eso es lo que ignoro — repuso el plantador. 

—¿No tiene ninguna sospecha? 

—Hasta ahora, ninguna. 

—A mi no puede olvidárseme el grito que oímos en la terraza, don Rafael. 

—¿Habrá seguido alguien a Yaruri, sospechando el objeto de su fuga de la tribu? 

—Es posible. 

—Pero, ¿sabes, al menos, de quién quiere vengarse Yaruri? — preguntó Alfonso. 


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