La ciudad del oro

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—¿Los hay más grandes que éste? 

—Es general la creencia de que los manatíes no logran alcanzar su completo desarrollo a causa de la encarnizada caza que les hacen los indios, a quienes gusta mucho su carne. 

Sin embargo, se encuentran algunos hasta de siete metros de longitud.

—¿Son feroces? 

—Ni mucho menos; hasta se los puede amaestrar. 

Dos viajeros del siglo pasado cuentan que un manatí tenía tanto cariño a su amo, que cuando éste lo llamaba salía del agua y dejaba que se le montasen en el lomo. Yo tenía un amigo alemán llamado Klappar, que vivía en Suriman, y que poseía un manatí pequeño, que le quería tanto que acudía cuando le llamaba y hasta se le echaba en las rodillas. El Jardín Zoológico de Londres quiso comprarlo, pero el mamífero murió en la travesía del Atlántico. 

—¿Pueden salir del agua? 

—Si; pero fuera de su elemento parece que pierden totalmente la facultad del oído y que ven poquísimo. Ya ha terminado Yaruri la operación. Me da lástima abandonar tanta carne a los voraces caimanes. 

—Ya encontraremos otro, Velasco —dijo don Rafael—. Me han dicho que en la desembocadura del Meta se encuentran muchos. 


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