La ciudad del oro
La ciudad del oro —¿La canoa?
—Tal vez.
—¿O alguna bandada de moscas de luz?
—Yaruri —dijo don Rafael—, ¿ves aquel punto luminoso que surca el agua?
—SÃ, mi amo.
—¿Qué crees que será?
—Una antorcha encendida en una canoa.
— ¡Son esos bribones que huyen!
—Nos han dejado atrás.
En efecto, el punto luminoso se habÃa apagado bruscamente y ya no podÃa verse nada en la oscura superficie del rÃo.
—Espero que durante el dÃa los alcanzaremos —dijo don Rafael con rabia concentrada
—Por encima de las cataratas encontraremos viento más fuerte y entonces los desafÃo a que nos precedan.
La chalupa, que navegaba con rapidez de cuatro millas por hora, continuó la caza toda la noche, pero sin éxito, pues cuando despuntó la aurora no se vela ninguna canoa en el rÃo.
Sin desanimarse, continuaron navegando a favor del viento, ,el cual, desgraciadamente, no soplaba con regularidad.
Hacia las diez de la mañana, Yaruri, que llevaba algún tiempo observando el agua, dijo: