La ciudad del oro
La ciudad del oro —¡ Cuidado con las manos!... El que las meta en el agua corre peligro de perderlas.
—¿Hay caimanes? — preguntó Alfonso.
—Peor que peor —repuso el doctor, que habÃa echado una mirada a la corriente—. Son los caribitos .
—¿Y qué es eso? ¡ MÃralos!
Alfonso se inclinó sobre la borda de la chalupa y vio en el agua batallones de pececillos, de color argentado y azul, que surgÃan del fondo cenagoso del rÃo.
—¿Son estos pececillos los que les dan miedo? — dijo encogiéndose de hombros.
—SÃ, Alfonso, y te aseguro que son peores que los caimanes.
¡Tan pequeños I... ¡Bah!... ¿Lo dicen ustedes en broma?
—Pues esos pececillos te comerÃan como si fueras un bistec. Como ves, no tienen más que unos pocos centÃmetros de largo, pero poseen dientes triangulares y cortantes como navajas de afeitar, y tienen tal fuerza en las mandÃbulas que atacan los cuerpos más duros.
—Es increÃble, doctor.