La ciudad del oro
La ciudad del oro —Pero es verdad. En casi todos los rÃos de América del Sur se encuentran a millones. Permanecen escondidos en el fango, pero basta que vean una gota de sangre en la superficie del agua para que salgan con rapidez sorprendente... Entonces la vÃctima, sea hombre o animal, no puede escapar, porque entran en funciones millones de dientes, atacando las partes carnosas del cuerpo, y en. pocos instantes penetran en el interior, y devoran los intestinos, el corazón, los pulmones y todo, en una palabra. Un minuto o dos les bastan para dejar reducido un hombre al estado de esqueleto
¡ Qué pececillos más feroces!
¡Y qué heridas tan tremendas producen!
—¿Y descarnan a un hombre en tan poco tiempo?
—Los indios se sirven de los caribitos para conservar a sus muertos.
—¿De qué manera?
—Atan los cadáveres con una cuerda sólida y los dejan colgando bajo el agua en los rÃos frecuentados por los caribitos. Estos llegan en gran número, devoran la carne y no dejan más que el esqueleto, pero tan bien pulimentado que no lo dejarÃa mejor un preparador anatómico. Estos esqueletos se meten después en canastos y se cuelgan de las ramas más altas de los árboles.
—¿Y son buenos de comer estos caribitos?