La ciudad del oro
La ciudad del oro —iAvante !... Nadie se movió, pero el doctor, Yaruri y Alfonso, volvieron la cabeza hacia la orilla izquierda, dirigiendo miradas escrutadoras bajo los árboles,
—¿Qué sucede? —preguntó el plantador asombrado—. ¿Os da miedo la catarata?
—No —respondió Alfonso—, pero, ¿no has oÃdo?
—¿Qué voy a oÃr?
—La señal otra vez.
—Será algún tucán.
—No, mi amo —repuso Yaruri—. Ha sido la señal misteriela.
—¿Otra vez?
—Don Rafael —dijo el doctor—, ¿no serán los indios que traten de impedirnos el paso?
—¿De qué manera? Nadie puede obstruir el paso.
—Pero pueden detenernos con sus flechas mortales.