La ciudad del oro
La ciudad del oro —¡ Qué revolución de agua! —exclamó Alfonso, que contemplaba la cascada con verdadera atención—. Parece imposible que se pueda remontar una corriente tan furiosa.
—Pues, sin embargo, pasaremos —dijo don Rafael—. Yaruri nos guiará.
—¿A vela?
—A remo. Pero será necesario poner en juego todas nuestras fuerzas y toda nuestra habilidad. Un golpe de barra mal dado bastarÃa para hacernos naufragar.
Manos a la obra. Recojamos la vela. Todos se pusieron a trabajar. En pocos instantes toda la tela quedaba recogida y empuñaban los remos.
Alfonso se puso a proa; el doctor se situó detrás de él; don Rafael, en medio de la barca, y Yaruri, a popa, por ser el encargado de la dirección.
—¿Dónde está el paso? — preguntó el plantador.
—AllÃ, a la izquierda, entre la orilla y aquella barrera de escollos — respondió el indio, indicando un paso por donde el agua caÃa con menos rapidez y formando menos torbellino.
—Agarrad bien los remos y no soltadlos, pues de lo contrario la chalupa se hundirá.
—No tengas cuidado — respondieron el doctor y Alfonso.