La ciudad del oro
La ciudad del oro —¡Mil truenos! —exclamó don Rafael, palideciendo—. ¿Hemos chocado?
—No, imposible, mi amo; el paso ha estado siempre libre — repuso Yaruri. —¡ Fuerza, amigos !
La chalupa recobró el camino perdido, pero al llegar al mismo punto de antes volvió a chocar contra un obstáculo que no ponÃa resistencia franca, pero que impedÃa seguir adelante.
De los labios del plantador, se escapó un grito de rabia. Casi en el mismo instante se volvió a oÃr la misteriosa señal.
—No debe de ser un escollo —dijo don Rafael—. Sosteneos, amigos, procurando no perder terreno.
Diciendo esto, abandonó el remo y se precipitó a proa, donde introdujo un brazo en el agua y en seguida lanzó un grito de triunfo.
—¡Ah, qué granujas! — exclamó.
Sacó rápidamente la navaja que llevaba en el cinto, la abrió y descargó un furioso golpe bajo la espumosa agua. En seguida aparecieron dos cuerdas del grueso del dedo pulgar, que parecÃan hechas de vegetales, y se extendieron a lo largo de la corriente.