La ciudad del oro
La ciudad del oro —¡ Avante! — tronó el plantador, empuñando nuevamente el remo. Bajo un decidido y más vigoroso esfuerzo, la chalupa superó el último y más rápido desnivel de la catarata, y se detuvo al borde de un islote en el que crecÃan dos solitarias caris, especie de palmeras espinosas con mucho follaje.
—¡ Al fin! —exclamó don Rafael—. Ya hemos pasado, a pesar de su intento de hacernos naufragar.
—Pero, ¿qué obstáculo habÃan puesto en el paso? — preguntaron Alfonso y el doctor.
—HabÃan tendido una cuerda vegetal entre dos escollos.
—Valiente obstáculo — dijo Alfonso.
—Pero que podÃa habernos sido fatal —respondió don Rafael—; si llegamos a ceder, nos hubiera arrastrado la corriente contra la escollera y todo hubiera acabado para la chalupa y para nosotros.
—Lo peor es que no dejaremos de encontrar algún otro obstáculo —dijo Velasco—. Se ve que están resueltos a detenernos.
—Pero si esperan renovar la tentativa en la catarata del Maipure se van a llevar chasco —dijo don Rafael—. Procedamos con cautela y exploremos primeramente la escollera.
—Pero, ¿dista mucho aún la Ciudad del Oro? — dijo Alfonso.