La ciudad del oro

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—Eso sólo Yaruri lo sabe. 

—Todavía hay que pasar por la desembocadura de muchos ríos —dijo el indio—. El Venituari está todavía bastante distante. 

—¿Está Manoa a orillas del Venituari? — preguntaron todos a una. 

—Si —respondió Yaruri—, pero lejos de la desembocadura, hacia donde el sol se levanta entre montañas desconocidas de todos. 

—Pero, ¿y el lugar preciso? 

—A su tiempo lo sabréis. 

—¿Desconfías de nosotros? — dije don Rafael. 

El indio no contestó.

—Habla, Yaruri. 

—A su tiempo... —repitió el indio ¡Naveguemos!...

Sabiendo muy bien don Rafael que no lograría sacar una palabra más al indio, mandó desplegar la vela con el fin de no dejar demasiado tiempo a los misteriosos individuos que los precedían, y que al ver fracasada su tentativa debían de haber reanudado el viaje. Desgraciadamente, el viento era débil y no, soplaba más que a intervalos. Por lo tanto, lo más que podía hacer la chalupa era dos millas por hora, tanto por el viento como porque la corriente era más rápida a causa de la proximidad de la catarata. 


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