La ciudad del oro
La ciudad del oro El panorama circundante no había cambiado. Las dos orillas seguían cubiertas de tupido follaje que impedía ver más allá del río.
Veiase surgir acá y allá, en confusión indescriptible, grandes simarubas cargadas de flores; árboles de nuez moscada silvestre, cedros colosales, árboles de la pimienta y árboles de algodón de tres metros nada más de alto, con flores amarillentas y purpúreas; euforbias cactiformes, erizadas de espinas; grupos inmensos de pasionarias abarrotadas de las extrañas flores que contienen un martillito, unas tenazas y una pequeña corona; había también maotes, planta perteneciente a la especie de las cotoniferas, con hojas inmensas, cubiertas de una pelusa roja y cargadas de largas cápsulas estriadas; baspa butiracee, de cuya simiente se extrae una especie de manteca jabonera, y de sus bayas y corteza se obtiene una espuma densa que posee las propiedades del jabón, y, finalmente, un caos de bambúes, bejucos y espinas ansara, pin-chos tremendos que perforan a veces la suela de las botas de quien se atreve a afrontarlas.
El río parecía muy rico en peces, los cuales nadaban en gran número perseguidos por nubes de piassocas, caracaris, pertenecientes a la familia de las halcones, y por los gaviaos, especie de gavilanes.