La ciudad del oro
La ciudad del oro Ya había pasado medio canal cuando Alfonso, que iba a proa, vio descender con irresistible ímpetu masas oscuras y colosales que saltaban y se revolvían entre las mugientes aguas. Aunque no sabía todavía de lo que se trataba, lanzó un grito de terror.
—¿Qué ocurre, Alfonso? — preguntó don Rafael, sintiendo que el corazón se le paralizaba.
—Que estamos a punto de hacernos pedazos.
En el mismo instante se oyó gritar a Yaruri:
—¡Soltad los remos! ¡Descendamos catarata abajo o estarnos perdidos!... Aquellas masas enormes no distaban más de cien pasos y avanzaban con espantosa rapidez, impulsadas por la furiosa corriente.
Eran diez o doce árboles gruesísimos, troncos de paivas bombas pentandrum, planta que alcanza treinta metros de altura, pero que es muy fácil de cortar, pues tiene la madera frágil y ligera con una circunferencia de consideración.
Al oír la orden del indio, todos retiraron los remos, y la chalupa, suelta ya, había virado de fondo, dejándose transportar por las aguas.
En pocos instantes llegó al fondo de la catarata, osciló espantosamente, embarcando bastante agua, y después se alzó girando sobre si misma. Casi al mismo tiempo se precipitaron por la última vertiente los gigantescos troncos.