La ciudad del oro

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Después de haberse acercado a las dos orillas del río para ver si estaban desiertas, temiendo un segundo lazo, los viajeros decidieron remontar en seguida la catarata porque el sol estaba próximo al ocaso y no se atrevían a pasar la noche entre aquellos innumerables escollos. 

—Animo —dijo don Rafael—. Pasada esta cascada no encontraremos otra y podremos ségruir el viaje tranquilamente. 

—¿Estás bien seguro, primo, de que los indios no han preparado otro lazo? —dijo Alfonso—. 

Es verdad que no hemos visto nada todavía sospechoso en las orillas, pero todavía temo una sorpresa. 

—Si han puesto otra cuerda la cortaremos. ¡Manos a los reinos y avante sin miedo ! ¡Yaruri, a tu puesto! 

—En seguida, mi amo. 

La chalupa se internó prontamente en un paso de veinte o veinticinco metros de ancho, flanqueado de altas peñas que tenían aspecto de cúpulas, y de una doble fila de escollos, los cuales asomaban sus puntas negras y agudas. Las aguas descendían levantando espuma, pero la chalupa, corno en la cascada precedente, avanzaba, venciendo todos los obstáculos que amenazaban destrozarla. 


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