La ciudad del oro
La ciudad del oro —TodavÃa no.
—El hambre te obligará a rendirte. —¡Mil truenos!1 ¿Qué es lo que pretendes?
—Vuestras armas ante todo.
—¿Y después?
—Que os dejéis llevar a un lugar aislado.
—¿Para matarnos con más comodidad?
—Juro por Pachacamac , nuestro Dios supremo, que tendréis la vida salvada.
—¿Y Yaruri también?
—¿El traidor?... ¡Jamás!... El que traiciona el secreto de la Ciudad del Oro debe morir, y Yaruri morirá.
—¿Ha caÃdo en vuestras manos? — preguntó el plantador, emocionado.
—Lo sabrás más tarde. Ahora, que los hombres blancos se decidan o los exterminaremos.
—Concédeme cinco minutos. Y volviéndose a sus compañeros, les dijo:
—¿Qué me aconsejáis que haga?
—Rindámonos —dijo el doctor—. Quizá no se atrevan a matarnos.
—¿No podrÃamos matar a ese indio y apoderarnos de su canoa? —propuso Alfonso.