La ciudad del oro

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—Y en seguida tendríamos encima esas treinta o cuarenta canoas que ves en la orilla y doscientos o trescientos hombres. Sería una temeridad tratar de resistir semejante asalto. 

—Rindámonos, don Rafael —repitió Velasco—. Quizá podremos ver la Ciudad del Oro.

 â€”Sea — dijo el plantador. 

—¿Y Yaruri? preguntó Alfonso: 

—Trataremos de obtener su perdón. 

Después, volviéndose hacia el indio, que permanecía, impasible como una estatua de pórfido, dijo: 

—Aquí están nuestras armas. Nos ponemos en manos de Yopi. pero contamos con tu juramento. 

—Los eperomeros jamás juran en falso. 

Un instante después, don Rafael y sus compañeros saltaban a la canoa, y minutos después desembarcaban entre los indios, que se agolpaban en la orilla opuesta de la sabana. Ningún grito de triunfo acogió su llegada. 

Los metieron en tres hamacas suspendidas de tres palos largos y los transportaron rápidamente a través de la selva doce robustos indios. Les habían dejado libres los brazos y las piernas, pero los seguían cuastrocientos o quinientos indios armados de lanzas y cerbatanas. 


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