La ciudad del oro

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Tres horas después, la turba se detenía ante un gran edificio de piedra perfectamente rectangular, sostenido por veinticuatro columnas adornadas con láminas de oro y con el tejada cubierto del mismo metal, que relucía bajo los rayos del sol. 

Allí mandaron descender de las hamacas a don Rafael y sus compañeros, y los pasaron a un salón con las paredes de piedra, que recibía la luz de una ventana espaciosa, situada a veinte pies del suelo.

El único ornamento que se veía era la imagen del sol, formada por un gran disco de oro, con rayos de plata, colocada en el extremo del salón, frente a la puerta de entrada. 

—Aquí permaneceréis hasta que Yopi haya decidido vuestra suerte —dijo el indio—. No temáis nada y descansad tranquilamente. 

Después se retiraron todos los indios, cerrando la puerta. 

—¿Adónde nos han traído? — preguntó Alfonso, que no se habla repuesto todavía de su asombro. 

—A un templo dedicado al sol, al parecer —respondió el doctor, que contemplaba tranquilamente la imagen del astro diurno—. Por lo que se ve, estos indios han conservado la antigua religión de los peruanos. 


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