La ciudad del oro

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—Pero mientras tanto nos dejan morir de hambre, doctor. 

—Es de creer que se acordarán de nosotros. 

—¿Y tardará mucho el señor Yopi en decidir nuestra suerte? Ya empiezo a no ver claro.en esta aventura. 

—Dígame, Velasco —preguntó el plantador, que desde hacía un rato parecía atormentado por algún pensamiento desagradable—. ¿No ofrecían los incas sacrificios humanos al sol? 

—No, don Rafael. En las grandes solemnidades mataban ovejas, vicuñas o llamas, pero nunca hombres. 

—¿Ni aun los enemigos hechos prisioneros en la guerra? 

—No. 

—Me quita usted un gran peso de encima, Velasco. Comenzaba a creer que tuvieran intenciones de ofrecer nuestra vida al sol. 

—No tema nada por esa parte. Los antiguos peruanos no eran malos, sino todo lo contrario. 

—¿Qué pensará hacer Yopi con nosotros? 

—No puedo decírselo. —¡ Qué poco risueña es esta situación, Velasco ! 

—No hay que desesperarse, don Rafael.

—¡Escuchad! — dijo Alfonso. 


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