La ciudad del oro
La ciudad del oro Este inmenso cortejo se reunía en la plaza de Cuzco, ciudad que entonces era la capital del Imperio, y esperaba a pie firme la salida del sol. Apenas asomaban los primeros rayos por las altas cumbres de las cordilleras, todos caían de rodillas, tendiendo los brazos para adorar al astro, enviándole besos, y llamándole padre y dios. El emperador, como primogénito del sol, se alzaba entre todos, y con un vaso de oro en la mano, lleno de la bebida ordinaria del país, le invitaba a beber.
Dando, pues, por aceptada la aferta y suponiendo por parte del astro diurno igual invitación, el emperador bebía en otro vaso un sorbo, repartiendo después el sobrante entre los príncipes de sangre real, que lo bebían en tacitas de oro, que llevaban para este menester.
Concluida esta ceremonia, el emperador y los principales personajes se retiraban al templo del Sol, donde se veía la imagen del astro, de gigantescas dimensiones, con los rayos de oro y plata y adornos de piedras preciosas, y ponían ante él las ofrendas de los curacas y de los representantes de las provincias, consistentes en pequeños animales de oro y de plata y en objetos preciosos.