La Reina de los Caribes
La Reina de los Caribes -No quería asustar a la población -dijo el joven.
-Si lo hubieras advertido, se habría enviado a alguien para pedir socorro a San Juan.
-¿Para qué? -preguntaron en son de burla los pescadores.
-¡Para rechazar a esos hijos de Satanás! -repuso el sargento.
-¡Hum! -dijo un pescador alto como un granadero y fuerte como un toro-. Yo he combatido contra esa gente, y sé lo que vale. Son invencibles.
-¿Creéis eso, Cárdenas?
-Ya os convenceréis pronto, señor Vasco. ¡Fijaos! Aquella nave ha puesto la proa hacia el puerto. Dentro de media hora estará aquí: intentad oponer resistencia si os atrevéis.
-¿Y dejaréis que invadan la ciudadela? -preguntó indignado el sargento.
-Cuando no se puede defender una fortaleza, se abandona -repuso el gigante.
Los pescadores que se hallaban en la playa parecían inclinados a retirarse, cuando un hombre, ya de alguna edad, que hasta entonces había permanecido silencioso, los detuvo con un gesto.
Tenía en la mano un catalejo, con el que había estado explorando el mar.