Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones MENFIS, LA ORGULLOSA
El viejo que mandaba la embarcación no había dudado en izar la vela y en retirar la soga que estaba atada alrededor de un enorme tronco de palmera dum.
La corriente era ya muy rápida, puesto que en veinticuatro horas el Nilo había aumentado extraordinariamente su caudal, ya de por sí enorme; por ello, la barca, incluso sin la ayuda de los remos y del viento, podía recorrer velozmente el camino y llegar muy pronto a Menfis. Nefer, apenas se embarcaron sus amigos, dándose cuenta que se hallaban en situación de comprender la causa de aquella improvisada fuga, hizo conducir a Mirinri, Ata y Ounis a los pequeños camarotes del castillo de popa y a los etíopes a la bodega, donde apenas reunidos se pusieron nuevamente a dormir sobre el suelo desnudo, olvidando por completo al Hijo del sol y el peligro que le había amenazado y del que ni siquiera se habían enterado. El viejo, que mandaba una tripulación de solo seis hombres, una vez terminada la maniobra, se acercó a Nefer que se había ido a proa mirando las olas que sucedían a otras olas, como si los grandes lagos ecuatoriales hiciesen afluir incesantemente sus inmensas e inagotables reservas al gran río.
—¿Quiénes son ésos que has hecho subir a bordo? —le preguntó.
—Amigos de Her-Hor —respondió Nefer, sin volverse siquiera.
