Las Hijas de los faraones

Las Hijas de los faraones

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Sus ojos, tan profundamente negros, se hallaban fijos en el vacío, como si persiguieran algo que escapaba cada vez más lejos y que desapareciera entre las tinieblas de la noche, después se movió y apuntaron sus manos un ligero gesto de descorazonamiento.

—Tal vez el Nilo no me lo devuelva nunca —murmuró—. Los dioses sólo protegen a los Faraones.

Alzó los ojos. Las estrellas comenzaban a centellear en el cielo y el suave fulgor purpúreo que apuntaba todavía vagamente hacía poniente, por donde el sol había desaparecido, se diluía con fantástica rapidez.

—Volvamos, —dijo para sí el joven—. Ounis estará muy intranquilo y posiblemente me esté buscando por el bosque.

Anduvo tres o cuatro pasos, cuando se detuvo, fijando su mirada en las hierbas secas que crecían bajo las palmeras. Había algo que brillaba entre aquellas hojas caídas de los árboles.

Se inclinó rápidamente y lo recogió, al mismo tiempo que de su garganta salía un grito apenas sofocado. Era una joya en forma de serpiente enroscada, con la cabeza de buitre, de otro macizo, policromamente esmaltada a lo largo de sus lados.

—¡El símbolo del poder sobre la vida y la muerte! —exclamó.


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