Los dos tigres
Los dos tigres Sandokán hizo una seña y el malayo Sambigliong, que ya debía de haber recibido instrucciones, se dirigió a un gran tamarindo que se elevaba a unos cuarenta pasos de la pira funeraria, entre las piedras del derruido muro próximo a la arruinada pagoda.
Llevaba en la mano una larga cuerda, algo más gruesa Que las ordinarias de coger rizos, y en la cual había hecho un nudo de lazo.
La tiró con gran destreza a través de una de las ramas más gruesas, y dejó bajar el nudo corredizo hasta tocar el suelo.
Mientras tanto, algunos marineros ataron fuertemente los brazos del manti, pasándole por debajo de las axilas dos cordeles tan delgados como resistentes.
El viejo no ponía resistencia alguna; pero por la expresión de su rostro se comprendía que era presa de un terror indecible.
Gruesas gotas de sudor le caían por la rugosa frente, y un violento temblor le sacudía el cuerpo.
Probablemente ya había comprendido qué clase de suplicio le iban a aplicar.
En cuanto Tremal-Naik le vio bien atado, se le acercó diciéndole:
—¿Quieres hablar? ¿Sí o no? El viejo le lanzó una mirada feroz, y dijo con voz ahogada:
—¡No!… ¡No!…