Los dos tigres
Los dos tigres —Yo no he sido nunca devota de la diosa de la muerte y de la ruina —respondió Surama.
—Bueno; ahora que ya no puedes negar que eres el alma condenada de Suyodhana —dijo Tremal-Naik—, vas a decirme dónde se ocultan los thugs que antes habitaban en los subterráneos de Raimangal.
El manti miró al bengalés durante unos segundos, y después dijo:
—Si crees que voy a decirte dónde está escondida tu hija, te equivocas. Podrás matarme, pero no diré ni una sola palabra.
—¿Es esa tu última resolución?
—SÃ.
—Está bien; ya veremos si puedes resistir mucho. Al oÃr estas palabras, el manti palideció intensamente y su frente se cubrió de sudor.
—¿Qué es lo que piensas hacer conmigo? —preguntó con voz ahogada.
—¡Ahora lo sabrás!
Se volvió hacia Sandokán, y ambos intercambiaron en voz baja algunas palabras.
—¿Tú crees? —preguntó el Tigre de Malasia, haciendo un gesto de duda.
—¡Ya verás como no resiste mucho tiempo!
—¡Probaremos!