Los dos tigres

Los dos tigres

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—¿Lo ves? —preguntó Tremal-Naik. En el pecho del viejo había un tatuaje de color azul, representando una serpiente con cabeza de mujer y rodeada de signos misteriosos.

—Este es el emblema de los estranguladores —dijo Tremal-Naik—. Lo llevan todos los afiliados a esa secta de asesinos.

—Y bien —gritó el manti—, ¿qué os importa que yo sea un thug? Yo no he matado a nadie.

—Levántate y síguenos —dijo Sandokán. El viejo no se hizo repetir la orden. Parecía bastante abatido y preocupado; pero, sin embargo, lanzaba feroces miradas a los hombres que le rodeaban.

Le condujeron hacia la pira sobre la cual acababa de reducirse a cenizas el cadáver. Los marineros del prao se reunieron en torno, no sin haber dejado centinelas en los lugares estratégicos.

—Surama —dijo Yáñez, dirigiéndose hacia la joven bayadera, que había salido de la pagoda—, ¿conoces a este hombre?

—Sí —contestó la muchacha—; es el manti de los thugs, el lugarteniente del hijo de las sagradas aguas del Ganges.

—¡Miserable bailarina! —gritó el viejo, lanzando a la bayadera una mirada llena de odio—. ¡Haces traición a nuestra secta!


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