Los dos tigres

Los dos tigres

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—¡Ante todo verte el pecho! —dijo Tremal-Naik, derribándole de improviso en tierra y poniéndole una rodilla en el vientre. ¡Sandokán manda que traigan una antorcha!

No fue necesario pedirla. Yáñez, después de simular que iba en persecución de los sacrificadores para que estos huyeran rápidamente, volvió a donde estaba Sandokán, seguido de Sambigliong, el cual se había apoderado de una de las antorchas que, en su huida, habían arrojado los mussalki.

—¿Lo tenéis cogido? —gritó el portugués.

—¡Y no se escapará! —contestó Sandokán—. ¿Y la viuda?

—La hemos puesto a salvo, y parece que está muy contenta de verse todavía viva; está allá en la pagoda.

—Sambigliong, acerca la antorcha —dijo Tremal-Naik, rasgando de un tirón las vestiduras con las que se cubría el pecho el prisionero.

El manti profirió un grito de ira, intentando taparse; pero Sandokán le asió por los brazos, mientras le decía:

—Ante todo, deja que te veamos el pecho para cerciorarnos de si eres un verdadero thug.


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