Los dos tigres
Los dos tigres Sandokán le cogió por los hombros y le obligó a caer de rodillas.
—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mÃ? —gritó el manti, debatiéndose inútilmente ante la terrible presión de las manos del Tigre de Malasia—. ¡Vosotros no sois policÃas ni cipayos para poder detenerme!
—¿Que quiénes somos? Viejo brujo, ¿acaso te has vuelto ciego? —dijo Sandokán, dejando que se levantase—. ¿Es que no me reconoces?
—Nunca te he visto.
—¡Y, sin embargo, hace tres noches que intentaste que tus amigos me estrangularan junto a la pagoda de Kali, tan pronto como se terminó la fiesta! ¿Ya no te acuerdas?
—¡Mientes! —gritó con gran energÃa el brujo.
—Entonces, ¿no eres tú el que degolló un cabrito y encendió el fuego sagrado a bordo de mi prao? —preguntó con ironÃa, Sandokán.
—Yo no he degollado jamás una cabra. Me confundes con otra persona.
—¡Ven con nosotros, manti!
—¿Has dicho manti? Yo no lo he sido en mi vida.
—En la pagoda encontrarás a una persona que desmentirá tus palabras.
—Bueno, ¿qué es lo que queréis de m� —volvió a gritar el viejo, apretando los dientes.