Los dos tigres

Los dos tigres

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Los parientes fueron corriendo a socorrer a los dos sacrificadores. El manti cogió un tizón llameante e iba a lanzarse sobre la pobre víctima para incendiarle las ropas, cuando de pronto una voz tenante clamó:

—¡Quietos u os fusilamos a todos como si fueseis perros!

En el umbral de la puerta de la pagoda y rodeado de sus piratas y amigos, los cuales llevaban las carabinas en actitud de disparar, había aparecido el Tigre de Malasia.

Los thugs lanzaron un grito de espanto, y, después del primer instante de sorpresa, comenzaron a huir a la desbandada, dejando en el suelo a la viuda.

—¡Echad mano al manti! —gritó Sandokán, lanzándose al centro de la explanada.

El viejo hechicero, que era el único que había reconocido al comandante del prao, fue el primero en darse a la fuga, ocultándose entre la espesura.

De unos cuantos saltos, Sandokán y Tremal-Naik le alcanzaron, en tanto que Yáñez mandaba a los piratas que hiciesen una descarga al aire para atemorizar a los parientes del muerto y a los que les acompañaban, los cuales corrían a través del bosque de cocoteros.

—¡Detente, viejo bribón! —gritó Tremal-Naik, poniendo el cañón de la carabina contra el pecho del manti, el cual pretendía echar mano al puñal que llevaba en la faja.


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