Los dos tigres
Los dos tigres El manti se había acercado a la pira con una antorcha en la mano, en tanto que la desgraciada viuda se despedía de sus parientes con voz ahogada por los sollozos, dándoles el último adiós; aquellos, con lágrimas en los ojos, se alegraban con toda su alma de la felicidad eterna que iba a conquistar la joven.
De improviso se elevó una llamarada, y propagándose rápidamente a toda la pira, envolvió al cadáver.
El manti había prendido fuego a los bambúes; este era el momento del terrible sacrificio.
Los sacerdotes cogieron con fuerza a la viuda y la empujaron con feroz brutalidad hacia las llamas. Los tambores seguían redoblando, produciendo un ruido infernal, y los parientes gritaban a voz en cuello para aturdir a la víctima.
La desdichada joven se había dejado empujar sin oponer resistencia; pero cuando se vio ante aquella cortina ardiente, el instinto de conservación se despertó en ella con ímpetu.
Lanzó un horrible grito:
—¡No! ¡No! ¡Perdón! —gritaba.
Enseguida, con un vigor extraordinario que no podía suponerse en un cuerpo tan joven, dio una sacudida desesperada, derribando en tierra a uno de los sacerdotes y se echó hacia atrás, debatiéndose furiosamente para librarse del otro que la sujetaba.