Los dos tigres
Los dos tigres A duras penas podía sostenerse en pie; lloraba y gritaba desesperadamente, maldiciendo su mala fortuna, mientras que los sacerdotes que la sostenían procuraban animarla diciéndole que se mostrase serena, y prometiéndole que su nombre sería admirado en todo el mundo, y su sacrificio cantado y ensalzado por todos; le decían, además, que iba a gozar de una dicha indescriptible y que quizá llegara a ser esposa de algún dios, en recompensa a su virtud y abnegación.
La desdichada no oponía resistencia alguna y se dejaba conducir sin el menor gesto. Probablemente les habrían hecho beber boug en cantidad suficiente para debilitarla e impedirle cualquier intento de fuga.
Una vez hubo llegado el cortejo a la explanada que había ante la pagoda, varios hombres, armados con grandes cuchillos, cortaron rápidamente cierta cantidad de bambúes secos y gruesos, formando con ellos una pira en forma de catafalco, de medio metro de altura. Después lo rociaron con aceite de coco perfumado, y colocaron encima el cadáver del thug.
Los mussalki, provistos de sus antorchas, se colocaron en los cuatro ángulos de la pira, dispuestos a prenderle fuego; los tamborileros batían furiosamente sus instrumentos, y los parientes cantaban a gritos las alabanzas del difunto y la virtud de la viuda.