Los dos tigres

Los dos tigres

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El desgraciado lanzó un alarido de angustia. Bajo el peso de su propio cuerpo, el nudo se había apretado de tal modo, que casi le penetró en las carnes.

Todos se agruparon alrededor del árbol, incluso Yáñez y Sandokán, que asistían sin pestañear a aquel nuevo género de suplicio.

El portugués, como de costumbre, fumaba plácidamente.

—¡Empujadle! —ordenó fríamente Tremal-Naik a los cuatro malayos que habían atado al manti—. ¡Haced que se balancee sin preocuparos de sus gritos!

Los piratas se colocaron dos a cada lado del brujo y le dieron el primer empujón.

El manti apretó los dientes para no dejar escapar ningún grito, pero se le veía sufrir de un modo atroz con aquella presión, que se hacía dolorosísima a causa del balanceo.

Tenía los ojos desencajados y su respiración se hacía cada vez más penosa, como si los pulmones sufrieran una fuerte opresión y no pudiesen funcionar.

Al tercer empuje le penetró la cuerda en las carnes, y el desgraciado no pudo reprimir un alarido de dolor.

—¡Basta! —gritó con voz ronca—. ¡Basta, miserables!

—¿Hablarás? —preguntó Tremal-Naik, acercándose.


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