Los dos tigres
Los dos tigres —Existen ciertas historias muy antiguas que cuentan que cuando Twasthei hizo el mundo se quedó muy perplejo antes de crear a la mujer, y permaneció asà durante largo tiempo antes de escoger los elementos necesarios para darle forma. Te advierto que hablo de la mujer india, y no de las demás razas.
—Continúa —dijo Sandokán.
—Cogió la redondez de la luna, la flexibilidad de la serpiente, la elegancia de las plantas trepadoras, las vibraciones de un tallo herbáceo, el color aterciopelado de las rosas y la ligereza de la hoja, la mirada del cabritillo y la loca alegrÃa del rayo de sol, el llanto de la nube, la inconstancia del viento, la timidez de la liebre y la vanidad del pavo real, la dulzura de la miel y la dureza del brillante, la crueldad del tigre y la frialdad de la nieve, el parloteo de la garza y el arrullo de la tórtola.
—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez—. ¿TodavÃa tomó otros elementos más ese dios indio?
—¡Me parece que ya tenÃa materiales de sobra! —añadió Sandokán—. Querido Yáñez, no sé si habrás oÃdo que las mujeres indias tienen también algo de la crueldad de los tigres.
—¡Nosotros somos los tigres de Mompracem! —respondió riendo el portugués—. ¿Por qué he de tener yo miedo de una muchacha que tenga un poco de tigre indio?