Los dos tigres

Los dos tigres

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Enseguida se lanzó a través de la cubierta, gritando con poderosa voz:

—¡Preparaos para el abordaje! ¡A mí, tigres de Mompracem!

Sambigliong, que había colocado a cinco hombres debajo del castillo para la maniobra de la vela de popa, mandó soltar escota para recoger más viento y luego enfiló el prao contra el grab que estaba frente al islote y que era el que estaba más maltrecho, en tanto que Yáñez dirigía el fuego de todas las culebrinas contra el otro barco con objeto de detenerle.

—¡Afuera los parabodas! —gritó Sandokán—. ¡Preparaos para lanzar los grapines!

Mientras algunos hombres echaban por fuera de las bordas las bolas de cuerda trenzada para atenuar el encontronazo y otros cogían los grapines colocados a lo largo de las bandas para lanzarlos a la maniobra enemiga, Sambigliong abordó al grab por babor, metiendo el bauprés por entre el cordaje y las escotillas del palo mayor.

Los thugs, que tripulaban el velero, sorprendidos por un ataque tan audaz, cuando creían que, por el contrario, iban a ser ellos los que abordasen, no pensaron siquiera en evitar el encontronazo, maniobra que, por otra parte, les hubiera resultado difícil de realizar con un solo palo y con el cordaje destrozado.

Cuanto intentaron rehuir el encontronazo, era ya demasiado tarde.


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